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Buenas prácticas

¡Porque yo lo digo!: Familias y autoridad

Toda categorización binaria que se refiera a los estilos de crianza o a los estilos docente esengañosa, maniquea y reduccionista; por tanto, debe evitarse por norma general. Esto no quiere decir que prescindamos de ella a la hora de retratar conductas y comportamientos reproducidos en el ámbito familiar y escolar de modo tradicional en los que se observan a modo de ejemplo situaciones extremas, aunque no por extremas sean poco comunes. De hecho, aquellos que se ha venido llamando “estilo de crianza autoritario” (y, según la “intensidad” o severidad de la familia recibe también el calificativo de autoritativo) ha sido el estilo imperante y aun hoy sigue vigente en muchos hogares, si bien es cierto que existe cierta descompensación en el conjunto de la sociedad, donde también observamos, muy a menudo, una tendencia parentallaissez-faire

 
porqueyo lo digo
Ambos extremos son muy problemáticos y sus consecuencias indeseables, especialmente en la futura vida adolescente y adulta de los niños y niñas educados bajo ambos tipos puros; no obstante, son mayoría quienes parecen identificar sin mayor dificultad las problemáticas derivadas de una crianza laissez-faire y que, habitualmente, no ven cómo de una disciplina autoritaria pueden derivarse, precisamente, conductas que juzgamos problemáticas o de riesgo. Pues bien: trataremos de dilucidar por qué la crianza autoritaria es igualmente favorecedora de conductas de riesgo en adolescentes.
 
En primer lugar, la defensa de los contrapuestos autoritario/laissez-faire parece reproducirse en una lucha ideológica de los padres y madres, adultos y adultas, al margen de las necesidades reales de aprendizaje que pueda presentar la infancia; la infancia es un momento crítico en el que comienza la socialización y, a partir de ésta - dado este carácter gregario que tenemos los humanos - desenvolvemos otros rasgos de “personalidad” (válgase entrecomillarlo) a lo largo de toda nuestra vida. Es decir: lo primero que tenemos que mantener presente es que la infancia es, simple y llanamente, crucial. Lo segundo, que la capacidad de tomar decisiones y la capacidad de elección es algo que debe inculcarse desde un principio... ¿Por qué?

Dejar hacer a tu hijo lo que él quiera no supone que éste sea capaz de desarrollar elecciones de un modo crítico y racional, sino todo lo contrario. No dejar elegir nada en absoluto a tu hija, tampoco resulta de gran ayuda si deseas que sea una adulta capaz de tomar decisiones complejas. Como hemos dicho, los problemas de dejar hacer a los niños y niñas lo que quieran los conocemos, y los repetimos hasta la saciedad. No queremos hacer esto aquí. Aquí vamos a hablar de no permitir ni la más mínima elección: el objetivo puede ser formar niños dóciles, “disciplinados”. En realidad, esa disciplina no es tal, sino que se trata de inculcar una sumisa docilidad bajo la vigilante mirada de los adultos que le rodean: las familias autoritarias no educan en la toma de decisiones, en la argumentación racional de los argumentos, en la gestión del tiempo de trabajo y estudio, en la gestión de la intimidad o en la gestión de los sentimientos en las relaciones personales. Las decisiones del niño o de la niña ya están tomadas de antemano y no tiene posibilidad de elección alguna.
 
Dependiendo de la edad del niño y del tipo de decisión que hablemos, obviamente, tal cosa puede ser adecuada, pero no podemos perder de vista la necesidad de ofrecer elecciones en cotas cada vez mayores: un niño dócil puede convertirse con facilidad en un adolescente insconsciente incapaz de tomar desiciones propias. Al fin y al cabo, nadie le ha enseñado tal cosa; muy al contrario, hemos sembrado las semillas de una madurez incierta. De repente, una adolescente debe decidir - y a menudo se trata de decisiones con un grado de complejidad creciente - sin esa mirada vigilante y - muy importante - sin depender de la aprobación o descrédito de sus familiares. Los y las adolescentes eligen constantemente sin el control de sus padres, madres y profesores/as. Es durante esta etapa cuando se multiplican las ocasiones de exposición a situaciones de riesgo y, por lógica, las conductas de riesgo o temerarias. No: no hablamos de “peligro”, sino de “riesgo”: presuponer peligros implica la inevitabilidad de éstos al margen de la voluntad y actuación del individuo. El riesgo está ahí, es evitable en gran medida y depende de la responsabilidad de nuestras decisiones: debemos evitar la victimización.

 
Un adolescente que no ha tomado una decisión propia en toda su vida - no por ningún tipo de incapacidad infantil para ello, sino porque no ha sido inducido, iniciado e influenciado para tal cosa -, al que solo se le han fijado dictados - y no límites y normas -  es carne temeraria: en primer lugar, su escasísima y deformada percepción del riesgo que tienen los y las adolescentes no se adecua a la realidad y, en segundo lugar, es de esperar (y es saludable en cierta medida) que se rebele contra aquellas creencias, costumbres y valores familiares que considera propios del mundo adulto e impropios del suyo. Es un momento propicio para desarrollar ideas políticas “radicales” - que, con toda posibilidad, se atenuará llegada la juventud y pasarán por la vida del individuo sin pena ni gloria - pero también es el momento del sexting, del consumo - sin autorregulación alguna - de alcohol y otras drogas o de situaciones de abuso y maltrato a la madre, al padre, a su pareja o a sus compañeros o compañeras de clase. Existe la posibilidad de que sus relaciones interpersonales se desarrollen de acuerdo a dos patrones, también extremos: (a) relaciones depredadoras, destructivas y abusivas, basadas en la sumisión, el dominio y la dependencia, con una clara tendencia a la heteronomía más absoluta; y (b) la reproducción de comportamientos abusivos hacia sus iguales y la imposición de sus opiniones y actos mediante la fuerza - dado que no sabe argumentar ni fundamentar.

La familia y la escuela - los dos grandes agentes socializadores de la infancia - deben influir en los niños y niñas planteando límites y normas estructuradas, razonables, justificables y transparentes, permitiendo ciertos márgenes de error al niño, permitiendo la equivocación - que redunda, a menudo en un mayor aprendizaje - y evitando la sobreprotección, sin caer en la desprotección. La determinación del justo medio es una tarea ardua y complicada para maestros/as y familias, pero es un buen comienzo si queremos adultos y adultas asertivos y educados/as en el respeto, la responsabilidad, el cuidado y la gestión adecuada e igualitaria de la afectividad.
 
Beatriz V. para Escuela20.com 
 
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