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Artículos y actualidad

La educación pública SÍ contribuye

En Ideal.es hemos encontrado este artículo de la profesora Carmen García Raya, que imparte Lengua y Literatura en el I.E.S. Zaidín-Vergeles; nos habla de los perversos efectos que surgirían como repercusión de los recortes en Educación y las previsibles medidas de "austeridad".
 
Sin la educación pública nos hundimos. Cuando las bases de nuestro modelo de desarrollo económico se quiebran, la educación se convierte en la llave que asegura el futuro. La educación es el abono de la planta seca, el primer paso en la senda de ese nuevo modelo de desarrollo y crecimiento económico que todos esperamos y, sin embargo la despreciamos, la utilizamos, la menoscabamos.
 
Aún recuerdo con indignación el día en que Ana Mato, ministra de sanidad del PP, dijo que «los niños andaluces son prácticamente analfabetos». O cuando Esperanza Aguirre proclamó que en la pública «los interinos entran a dedo». José Ignacio Wert, nuestro ministro de Educación, dio el estoque final diciendo que «esto es un Gobierno, no un proyecto de ingeniería social», como argumento fatídico para justificar el reciente cierre de escuelas rurales, que «la educación pública ha dejado de contribuir a la sociedad» y que «hay que centrarse en la calidad y la excelencia», como si los docentes, hasta ahora, no supiéramos que tenemos la profesión con mayor poder de transformación social, como si no nos hubiéramos dejado la piel por conseguir enseñar a nuestros alumnos a ser personas formadas e íntegras, a pesar de la incomprensión y la descalificación gratuita e injusta que los sectores más elitistas y conservadores de esta sociedad vierten sobre nosotros de forma casi rutinaria. Para hablar de lo que contribuye la escuela pública a la sociedad hay que conocerla por dentro. Y claro, nuestro ministro de Educación, don José Ignacio Wert, no la conoce, porque ni estudió ni ha trabajado en ella, porque su modelo y sus referentes educativos son otros.
 
Conviene recordar que en nuestras aulas hoy está toda la población escolar, sin exclusiones o, lo que es lo mismo, lo mejor y lo peor de nosotros mismos; nuestros traumas y conflictos, nuestras miserias más secretas pero, también, la mayor victoria social de la democracia, una educación básica obligatoria y gratuita que echamos por tierra cada vez que alimentamos ese arquetipo de escuela pública ineficiente y conflictiva que el Gobierno quiere trasladar para justificar sus medidas de ajuste en aras de una supuesta e hipócrita 'excelencia' educativa.
 
 


Ya está bien de culpar al sistema educativo de todos los males que padecemos. La mayoría de fechorías con las que nos topamos día a día -el abaratamiento del despido, los contratos multimillonarios blindados de fuertes empresarios y banqueros, los desahucios como algo cotidiano, los activos tóxicos de los bancos, el rescate con dinero público de entidades bancarias que no han mostrado ninguna ética a la hora de gestionar nuestros ahorros, los contratos basura, las hipotecas 'subprime', los ataques al medio ambiente, a la sanidad, al funcionariado, a nuestra memoria como pueblo, a nuestra identidad cultural y hasta a los elefantes de Bostwana- poco o nada tienen que ver con el modelo educativo actual. En cambio, el brutal recorte que el Gobierno de España, aprovechando la crisis, ha dado a la educación pública, viene a frenar el esfuerzo sostenido en inversión educativa de los últimos años y nos vuelve a situar en uno de los países con menos inversión educativa de Europa. Los recortes, más que acercarnos a la 'excelencia educativa', parecen el castigo injusto de un juez severo a quien menos castigo se merece: nuestros niños y niñas. Ahora, consumada la escolarización obligatoria hasta los 16 años, el reto fundamental que nuestra escuela pública tiene planteado es ofrecer además una educación de calidad que no quiebre el principio de integración y de igualdad de oportunidades. Y esa es la quimera que perseguimos los miles de educadores de este país. Pero con los recortes en educación nada de esto será posible y quedarán desposeídos del beneficio de la educación precisamente los que más la necesitan.

Hay que revisar la ratio a la baja en aquellos grupos más complejos, en vez de aumentarla de manera generalizada. Hay que facilitar recursos para que los centros puedan realizar agrupamientos flexibles, apoyos y refuerzos educativos que garanticen atender la diversidad y, desde luego, con la disminución de profesorado lo que habrá es más fracaso escolar. Hay que darle alas a la formación profesional para que se incentive el empleo y regular un modelo estable de acceso a la función pública, en vez de suspender de golpe y porrazo la posibilidad de renovación generacional del profesorado, sumiendo en la desesperanza a miles de jóvenes (y no tan jóvenes) vocacionales y preparados.

 

Hay que impulsar la política de becas como instrumento potente para garantizar la igualdad de oportunidades en vez de recortarlas con nuevos e injustos requisitos académicos. Y, sobre todo, hay que valorar todo lo bueno que colectivamente se ha conseguido y acabar con esa imagen detestable de una escuela en permanente conflicto. Es precisamente en épocas de crisis cuando hay que apostar por la educación pública de manera franca y sin demagogias. Eso es lo rentable. Eso es lo que contribuye a la sociedad. Que hablen todos los empresarios, artistas, trabajadores, investigadores y tantos otros que contribuyen cada día a la sociedad y que se formaron en la educación pública. Ahorrar con la educación, además de ser una gran irresponsabilidad, tiene un efecto perverso, provoca déficit y desequilibrios sociales irreparables, las generaciones que lo sufran quedarán dramáticamente marcadas y, sin duda, quedarán mermadas sus posibilidades de realización personal y profesional. Lo peor es que cuando esa evidencia les llegue, se les cierren todas las puertas sin remisión y no puedan competir en un mercado globalizado con libre circulación de trabajadores, ni siquiera sabrán a quien pedirle responsabilidades.

 
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