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Artículos y actualidad

3 claves en la educación contra las drogas

El consumo de drogas es preocupante: el alcoholismo se normaliza y se banalizan los efectos de numerosas sustancias antes ligadas a cierta marginalidad social. Con el olvido de la Generación Perdida de los años 80, los y las adolescentes de hoy siguen consumiendo drogas, pero sin miedo y de forma rutinaria, como lo común y lo normal. Los planes educativos fracasan una vez tras otra; aunque nunca hemos podido estar orgullosos y orgullosas de un bajo consumo de drogas en nuestro país, parece que la situación ahora mismo podría tornarse más preocupante... ¿Cómo enfocar la realidad?
 
drogas
Droga significa muchas cosas
 
Normalmente, en las actividades educativas de colegios e institutos nos centramos en "drogas duras", como la heroína o la cocaína, o en ciertas "drogas blandas",como el hachís o la marihuana, obviando otras tantas substancias igual o más peligrosas: el alcohol, por ejemplo, es más accesible, más común, mucho más barato y su consumo es considerablemente superior al de cualquier otra sustancia psicoactiva en la juventud española, pero las acciones educativas dedicadas a prevenir el alcoholismo son escasas. Está normalizado, pero quizás demasiado. Lo que toca hoy es educar con el ejemplo.
 
La realidad ya es suficientemente mala: no hace falta adornarla.
 
Quizás este punto sea el más importante de los tres, pero es incómodo de leer. La juventud banaliza los efectos del consumo de drogas porque las campañas educativas que se venían realizando eran tan alarmistas que, a menudo, exageraban los posibles efectos de las sustancias y, en vez de educar, alarmaban y creaban, a la vez, cierta inclinación hacia lo prohibido, curiosidad y un pensamiento algo fantasioso sobre las maravillas que podrían obrar las drogas a un coste de riesgo para la salud que un o una adolescente no es capaz de calibrar de modo adecuado: es sabido que la conciencia del riesgo de una persona en su adolescencia todavía está "distorsionada" (o no hay apenas) y, de ahí, numerosas conductas temerarias. 

Además, coincide con su construcción de identidad propia y con la necesidad, simultánea, de identificación con el grupo (aunque 20 años después nos resulte paradójico): muchas drogas están ligadas a subculturas y movimientos sociales, como la marihuana o las drogas de diseño. Si se exagera respecto al daño inmediato, al umbral de adicción o a cualesquiera circunstancias y la persona adolescente, al probar esa droga, no percibe el daño tal como se le ha contado, lo único que interpretará es que se le ha mentido (y que las personas adultas que le roden quieren amargarle la vida y son unos/as "aguafiestas").
 
La Educación ha de ser necesariamente REALISTA: si, realmente, queremos acabar con esta lacra, hay que educar evitando mentiras, falacias, chantajes emocionales y argumentos capciosos. Estamos viendo con nuestros propios ojos que eso no funciona. No necesitamos más pruebas de que meter miedo es inútil: hay que cambiar de estrategia y empezar por decir la verdad (y por conocerla, claro).


Esta perspectiva individualista... quizás sea un error
Si queremos educar en valores, en solidaridad, a los y las jóvenes tenemos que saltar mucho más allá de la perspectiva del daño individual que puede infringir una sustancia : pocos programas han tenido en cuenta, aunque ahora se empieza a incluir, el daño a nivel social que produce el consumo de drogas; nuevamente, no solo se trata del daño social en nuestro entorno, de las familias desestructuradas o marginalidad: no debemos dejar de hacer incapié en estos aspectos pero tampoco podemos olvidar que el narcotráfico es lo que ha arruinado la vida de muchas y muchos campesinos en Latinoamérica o en Medio Oriente, que es una causa de explotación laboral y esclavitud en el Tercer Mundo, que las personas que procesan la cocaína o heroína que nos llega a Occidente están poniendo en juego su salud y su vida en condiciones de trabajo inhumanas e indignas, que es la causa de miles de asesinatos y secuestros, de injustas expropiaciones de tierras, etc.  El narcotráfico tiene las manos manchadas de sangre: no solo de las personas que lo consumen, sus familias o su entorno. Su sombra se extiende alrededor del mundo y nadie querría colaborar con ello.
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